Una voz en Off para vencer al tiempo
Crónica de Rober Mur sobre la presentación de "Off!" de Marina Arias en La Comuna, Pasaje Dardo Rocha Calle 50 e/ 6 y 7 de la ciudad de La Plata.
Como tantas otras veces, alguien le preguntó a Marina Arias si ella, efectivamente, era Mariana. Y ella, sonrisa socarrona mediante, dijo que era Christian. Y conociendo (¿un poco, mucho, más o menos?) a Marina, la respuesta me cerró diez puntos y Christian pasó a caerme automáticamente bien en la ficción, en la vida (¿real?) o en lo que me imaginé que sería ambas cosas en mi cabeza mientras leía Off!. Y en esa íntima presentación de la novela en una salita del Pasaje Dardo Rocha de La Plata, con la luz tenue de un velador (porque en estas escenas casi siempre hay un velador) supe que tenía que visitar otra vez a esa adorable pareja que, desde Neoprene, Bondi y Mochila, siguen insistiendo con esa costumbre extraña de querer vivir la vida plenamente. ¡Salud!
Y claro, visitar hoy a una pareja de esa edad (sea en la
ficción o la realidad) un poco implica tener ahí cerquita la sombra terrible de
los 90s. En la presentación, Ulises (Cremonte), que sabe por escritor y también
por contemporáneo, aludió a lo que en su momento se suponía “una novela de los
90s” para referirse a Neoprene, que en su época se llamó Para qué
sirve un traje de neoprene, lo cual hace pensar que hasta los títulos
tenían que tener el pelo largo como Fernán Mirás en la película de Tanguito,
¿sería Mariana interpretada por Cecilia Dopazo?¿de fondo sonaría Nirvana o
Ulises Butrón? ¿qué entenderán las futuras generaciones por “cantobar”? Ahora,
en cambio, Off! tiene pelo cortito, peina canas y se cuida de los
mosquitos donde las ciudades están invadidas de pestes raras por el cambio
climático, en un siglo que ya no se mide por décadas. Entre medio pasaron
bondis y mochilas, y Christian ahora lee escritoras de moda, lamenta nunca
haber intentado hacer surf y come con sal sin sodio (yo también, por cierto es
muy sabrosa y fundamental para la hipertensión).
Mariana, en cambio, mantiene el espíritu a fuerza de
guerrilla contra la menopausia entre “loco esto, boludo lo otro, chabón
aquello” y, cada tanto, se cruza con el fantasma de la Mariana adolescente, viéndola
ahora como una vieja careta y traidora de sí misma por cometer el pecado
imperdonable de, o sea digamos, irse unos días a Brasil y vestirse bien. Christian,
en cambio, parece ubicado en el presente convertido en la clase de tipos que va
para adelante, que no intenta ser un pendeviejo, que no entiende qué significa
“cringe”, que no cae del todo en esa fobia al paso del tiempo y que las
procesiones las lleva por dentro como haría cualquier persona que aprendió a
sufrir en una época donde no existía twitter.
De hecho, esos berretines también funcionan como un túnel
del tiempo al pasado, a la década de los 90s, o a su década de los 90s,
cómo una época y convive con otra, una relación que arrancó a finales del siglo
veinte y sigue a principios del siglo veintiuno. Todo, absolutamente todo lo
que hacen y dicen Christian y Mariana tiene gustito a emociones analógicas intentando
comunicarse por Whatsapp. Mensajitos de texto en el tiempo. Volver al futuro.
Viajes y más viajes en los que deambula una historia que, como loop, empuja a Mariana y Christian a mirar hacia un atrás donde algo siempre parece haber quedado pendiente, un beso que no fue, un comentario malentendido, una época narrada tantas veces y aún así parece incompleta. Uno camina con ellos y charla con ellos página tras página y, al final, se siente que Mariana y Christian en realidad es una sola persona en conflicto contra los años y las decisiones. Hace poco me explicaron por primera vez de qué va la teoría de la relatividad y, al parecer, el tiempo y el espacio no son dos cosas separadas sino que son relativas. Bajo ciertas condiciones medio extremas, una modifica a la otra. O algo así. Un delirio. Bueno, con los años y las decisiones pasa algo parecido. Y eso es lo que Christian y Mariana, a pesar de todo, se las ingenian para torcer tiempo y espacio. Obviamente: con amor. Porque es innegable que se quieren, y eso hace que valga la pena todo el resto de los quilombos. Y las novelas que me gustan a mí son aquellas donde una persona quiere a otra y eso, capaz, salva el mundo, andá a saber ¡además no se puede andar por la vida escribiendo cosas si nadie va a amar u odiar algo! Pero bueno, no nos vamos a poner dogmáticos.
Ahora ambos revivieron en La Plata, en el Pasaje Dardo Rocha
¿habrá otra novela que arranque su primera página en el pasaje Dardo Rocha y
después se pierda en los bazares chinos de calle 7, esa mezcla de París y
Chivilcoy que es esta ciudad? Ojalá. De ser así, me encantaría cruzarlos en el
barrio El Mondongo en una nueva aventura. Yo pongo la casa. Traigan repelente.


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