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jueves, 28 de julio de 2016

La Primera Piedra

Compartimos la hermosa reseña del libro "Bengalas" de Enrique decarli, que escribió nuestro querido amigo Gustavo Yuste para la revista digital La Primera Piedra.
En su versión digital la encuentran en el siguiente link: http://www.laprimerapiedra.com.ar/2016/04/bengalas-de-enrique-decarli-para-leer-con-ojos-de-despojado/


RESEÑAS CAPRICHOSAS – “BENGALAS” DE ENRIQUE DECARLI: PARA LEER CON OJOS DE DESPOJADO

Escrito por Gustavo Yuste 14 abril, 2016
Porque la literatura es otra forma de entender la realidad, en La Primera Piedra inauguramos este ciclo de reseñas sobre libros nacionales producidos por editoriales independientes. En el primer número, te acercamos Bengalas, de Enrique Decarli, publicado por Paisanita Editora en 2014. Este volumen de relatos breves condensa la fantasía y la realidad puestas al servicio de lo mismo: la transformación. Conocé como desde las personas hasta  los objetos, pasando por los sentimientos, todo se altera con el paso del tiempo según el escritor argentino Enrique Decarli. (Foto de portada: Renso Gomez)

Sobre el autor

Enrique Decarli nació en Buenos Aires, en 1973. Es abogado y músico. Desde 2008 dicta talleres de lectura y narrativa. Algunos de sus relatos fueron publicados en diferentes revistas. Publicó tres libros de relatos: Desde la habitación del sur (Quito, Libresa, 2009); Big Bang (Buenos Aires, Textos Instrusos, 2013) y Jauría (Eloisa Cartonera, 2014).

Para leer con ojos de despojado

Si se puede decir que hay un tema central en Bengalas, ese sería la transformación. En los distintos cuentos breves que se van sucediendo en el libro, los personajes van mutando hacia distintas formas y sensaciones. Con un estilo directo y sencillo, Decarli intenta introducir al lector sin rodeos en el centro de esas transformaciones a veces cotidianas, a veces lúdicas.
En ese sentido, no es casualidad que además de ser músico y escritor, el autor de Bengalas también ejerza la profesión de la abogacía. El idioma directo y conciso que caracteriza al lenguaje jurídico se entromete varias veces dentro de los cuentos para permitir a Decarli sumergirse de lleno en cada relato.
Esas mismas historias pueden variar desde el terreno de lo fantástico hasta un realismo puro, pero todas unidas bajo el hilo invisible de la transformación. Personas que se convierten en objetos, objetos que se vuelven animados como sujetos, relaciones que van deteriorándose, amistades que cambian hasta ser irreconocibles, hombres que se encogen hasta mezclarse en el aire, son algunas de las imágenes que Decarli le ofrece al lector.
La particularidad de cada relato va a permitirle al autor jugar y nutrirse con distintos registros y con la utilización de la primera, segunda o tercera persona a la hora de narrar. La brevedad de los cuentos reunidos en Bengalas facilitan el efecto sorpresa que viene envasado en cada historia fantástica, o la identificación con los sentimientos que en los relatos más realistas se despliegan con gran habilidad.
Así entonces, Enrique Decarli logra en Bengalas desconcertar dentro de un lenguaje conocido y familiar para cualquier lector. Un lector que puede agarrar el libro y leerlo en cualquier momento y circunstancia. Eso sí – y tal como sugieren en el primer relato “Los despojados”- siempre con ojos de despojado para dejarse introducir en la fantasía de lo real o lo real de la fantasía.

lunes, 11 de julio de 2016

BENGALAS de Enrique Decarli



Por, Alejandra Zina



Sobre Bengalas


Soy una lectora compulsiva de cuentos, me gusta agarrar un libro y leer uno por día hasta terminarlo, metódicamente, como una dieta o un rezo. Tengo un lugar que es la cocina de mi casa, ahí estoy sola, y mientras desayuno leo. Mi día desde hace varios años arranca así. Nunca lo reflexioné pero debe ser que la lectura amortigua un poco la vigilia, como un despertar en etapas. Leyendo sigo en un estado de suspensión, de realidad paralela, mientras todo alrededor hace ruido, se mueve y produce para subsistir.
Ese estado de suspensión potenciaba todavía más los climas que me fui encontrando en el libro de Enrique. Mientras leía los cuentos de Bengalas, me acordé de algunas cosas. Leer siempre es acordarse de algo.
na de las primeras veces que visité Casanova, íbamos en la vieja camioneta de mi suegro que nos había pasado a buscar por la estación de Morón, y en una esquina apareció uno de la Bonaerense haciendo dedo. Mi suegro frenó, le preguntó para dónde iba y lo levantó. Es Navidad, dijo él para excusarse, pero igual generó una tensión familiar sobre hacer o no hacer esa clase de cosas. Que es una tensión más profunda en relación al poder y a lo que significa la policía en esos barrios. Con un episodio similar empieza “Vía Láctea”, un cuento bellísimo que para mí es el clímax del libro. Pero Enrique esquiva lo siniestro y apuesta al relato de aventura.
Un padre viajante de comercio decide llevar a su hijo adolescente a uno de sus viajes de trabajo. Yendo para San Luis los para la caminera y el mismo policía que los aborda, les pide “la gauchada” de que lo acerquen hasta Mercedes. El padre desvía su ruta y en ese desvío empieza la aventura, que es un viaje de iniciación y de despedida.
Otros cuentos del libro me hicieron acordar a los relatos más oníricos de Mario Levrero, donde todo puede suceder, donde los paisajes cotidianos dejan de serlo, donde las personas conocidas se vuelven perfectos desconocidos, como ocurre en “Reencuentro”.
Enrique trabaja sobre la premisa de lo literal. El cuento que acabo de mencionar hace literal una expresión muy común que usamos cuando volvemos a ver alguien después de mucho tiempo: estás tan cambiado que parecés otro. Y parece otro. Y es otro. No hay metáfora ni símbolo ni alegoría, sino otra realidad.
En este país paralelo un hombre se achica hasta desaparecer (como en la famosa historia de Richard Matheson, El increíble hombre menguante); todos los funcionarios renuncian en masa sin dar ninguna explicación; un jinete enmascarado cruza a caballo la plaza del pueblo; una sociedad de linyeras mutantes vive en los pasillos y andenes del subte.
Casi todas las historias del libro se alimentan, voluntaria o involuntariamente, de esa fuente maravillosa que es el fantástico rioplatense, agregándole algunos trazos de humor o de absurdo. Sin tapar la voz de Enrique se escucha Fontanarrosa, Laiseca, Felisberto, Maslíah, como un coro de maestros irreverentes.
Es inevitable. Apenas nos metemos adentro del agua, adentro de la escritura, aparecen esas algas que son las influencias que se enredan en el pie sin que las busquemos.
A esta tradición de narrativa dislocada se suman los cuentos de Bengalas. Me gusta lo que dice el narrador de “Un destello de oro blanco”: Abajo del agua el mundo es otro. Me gusta porque ese es el hueso del cuento fantástico. Lo extraordinario que irrumpe, luego desaparece, y deja una sensación de nostalgia.


viernes, 6 de noviembre de 2015

MINCATURA

Renso Gómez, reseñó BENGALAS de Enrique Decarli para la revista MINCATURA, una nueva publicación virtual especializada en reseñas literarias.

Muchas gracias Renso! y felicitaciones por MINCATURA!

Acá les dejamos el link de su reseña, que copiamos más abajo:
http://mincatura.blogspot.com.ar/2015/10/las-ideas-estan-formadas-por-unidades.html?spref=fb


Bengalas (Paisanita editora, 2014)



Las ideas están formadas por unidades mínimas de partículas y es por ello que cada parte está signada a un sinfín de variables. Del mismo modo que en una muñeca rusa, las ideas se pliegan sobre sí mismas y comprender su mecanismo nos permitirá una sucesión infinita de universos posibles.

por: Renso Gómez

Bengalas es el cuarto libro de cuentos de Enrique Decarli.  Aquí el argumento en ocasiones irrumpe, muta o simplemente se pierde, pero no por ello los personajes se molestan ante el cambio. Avanzan según el relato, guiados por todo lo que el la narración calla, una vez que desaparece dentro de las variables que surgen gracias a la prosa impecable del autor.

“Los despojados” comienza así:“Nadie bajó conmigo en la estación. El subte cerró las puertas y arrancó en dirección a Lavalle.” Enrique Decarli propone en este cuento una imagen simple, una idea eficaz, pero no por ello menos compleja. El protagonista nota que está solo y gracias a esa primera observación el argumento comienza a desplegarse en diferentes variables que harán entender al personaje que lo observable está siempre ahí, esperando a quien lo mire.

El libro comienza con la frase de Andrés Rivera que dice: “si se crean fantasmas, será obligatorio creer en ellos”. El autor anticipa con esta frase la posibilidad de encontrar líneas argumentales como fantasmas, que primero modificarán la estructura narrativa inicial y luego la transformarán a través de la emoción y la sencillez de los personajes.

“El único sonido provenía (sinfín) desde más allá de una arcada. Salté en mi pie izquierdo hasta una escalera mecánica y, simplemente, me dejé llevar. En el pasillo me senté en el suelo, descansé un rato contra la pared y quizás me adormecí. De pronto la estación había enmudecido y alguien a mi derecha tosió como a propósito. Abrí los ojos. Era un linyera más o menos de mi edad. Me levanté de un salto, y desde esta nueva perspectiva, entendí por qué, de repente, tanto silencio. La escalera mecánica no funcionaba. Pero no es que se había detenido. Ya no estaba, no estaba más.”

  “El Negro Vila era, además de negro, narigón. Tan negro y tan narigón que casi presumía. Por eso cuando lo conocí le agarré bronca. Al poco tiempo nos hicimos amigos y me presentó a su familia. Lo primero que noté fue que ninguno era negro. Ninguno era narigón en la familia Vila. Adoptado de acá a Luján, pensé. Y me dio lástima, pobre Negro. Negro, narigón y adoptado.”

En “El Negro Vila” observamos cómo el hilo argumentativo (y los elementos que de él se desprenden) puede guiarse directamente por la psicología de los personajes. Dentro de una agobiante noche de estudios el autor recrea un encuentro entre dos amigos donde la resolución del conflicto quedará signada a comprender el juego de imágenes que desde la profundidad del Negro Vila aparecerán de manera sencilla e inverosímil.

Las ideas, una vez conformadas, son naturalizadas para concurrir a ellas cada vez que la forma lo requiera. Y por ello quedan en la memoria con la nostalgia de alguien que viaja cada vez que las recuerda. “Reencuentro” es el décimo cuento del libro. Esta vez nos enfrentamos a la sensación que genera la extrañeza de enfrentar dos ideas como imágenes contrapuestas, signadas a un pasado y a una persona que no podemos reconocer ni siquiera en los amigos. Ni siquiera en uno mismo.
Las ideas como partículas toman su forma original dentro del cuento “Cuatro tapas y manijas amarillas” donde el autor dice de ellas: “Por eso a veces tengo miedo. Miedo de que un día me delaten. Supe de rivalidades. De noviazgos. De roturas y separaciones de cables que terminaron en cortocircuito. Por el momento nunca escuché hablar mal de mí. Pero hay días en que me siento amenazado. Observado por mil filamentos incandescentes dispuestos a electrocutarme. Por el cucú, que sale a cantar cuando quiere. La cerradura, en el seno de su combinación, tiene el poder de encerrarme hasta que muera, solo, hambriento. Igual pienso. Pienso y espero. Nada de eso va a pasar mientras no deje de llamar a Miguel.”

Retomando la frase de Andrés Rivera, Enrique Decarli crea un fantasma que se apropiará de todos los elementos que en el relato se hayan desarrollado, y de esa manera, lo narrado irá explorando variables y explotando sus formas como bengalas en manos de un poseído.

Bengalas, Enrique Decarli.
Paisanita Editora 2014. 72 páginas.










lunes, 21 de septiembre de 2015

SOLO TEMPESTAD

Anita V. Catania, comenta su experiencia de lectura de BENGALAS, doce cuentos de Enrique Decarli para la revista Solo Tempestad
Gracias queridxs amigxs!
El link y más abajo un adelanto de la nota:


Reseña #91- Al borde del estallido


tempestadsemana-4


Por Ana V. Catania
El día que conocí a Enrique Decarli tuve el atrevimiento de decirle que no era amiga de lo breve. Estábamos reunidos en el departamento de Ariel Bermani, al sur de la ciudad, en el marco de su taller de lectura donde, ese martes, íbamos a comentar en grupo el libro de cuentos Bengalas. Esa vez contábamos con la presencia del autor. In situ. Enrique estaría presente en nuestro debate sobre el libro. Conversaríamos con él; intercambiaríamos opiniones, ideas, miradas sobre la misma materia. Lo llenaríamos de preguntas, entre mates, tés, y galletitas.
Minutos después de decir eso, agregué: y sin embargo, estos cuentos no podrían tener otra extensión. Cité, entonces, a Felisberto Hernández: el clima, la música, el manejo de los espacios, el extrañamiento, las pequeñas explosiones de sus cuentos, los destellos de esperanza en personajes que parecen desesperanzados. Fue a continuación de que una compañera del grupo propusiera encender una luz. “Nadie encendía las lámparas”, escuché recitar a Enrique; en su voz baja había un tono de admiración y homenaje. Y me alegré con esta fantástica sincronicidad. Porque en los cuentos de Bengalas yo oí a Felisberto Hernández.
Traté de explicar, quizás torpemente, por qué no soy amiga de lo breve: me siento más cómoda (como lectora y escritora) en la progresión, en la lentitud, en la posibilidad de dar tiempo a que el lector se acomode, a que genere empatía con los personajes; juego el juego de aplazar la acción. Y, a pesar de esto, envidio enormemente la capacidad de economía, la precisión, la dosis calculada de poesía, la maestría que tienen las plumas breves. Intentaré traspolarlo al cine; pienso, ahora, en un cortometraje sublime: Le Ballon Rouge (Albert Lamorisse, 1956). En este film, el espectador es lanzado, sin preliminares, a la historia: la de un niño con un gran globo rojo que viene a imponerse; que desajusta la rutina de un barrio de París, los vínculos entre los niños, y entre éstos y los adultos. La rareza, lo que incomoda, hipnotiza o fascina, ya está dada. Lo fantástico se naturaliza y se acomoda al paisaje; no se insinúa ni dialoga con la narración: está arrojado desde el vamos.
Con los cuentos de Bengalas sucede lo mismo. Los personajes se encuentran arrojados a situaciones que podrían resultarles ajenas, extrañas. Por momentos, absurdas. Y sin embargo, no las cuestionan; se sumergen en ese universo que, sin saberlo aún, los modificará de una manera u otra. Por supuesto esto queda por fuera del relato; y es así como debe ser. No se ahonda en el misterio, no se explica o se responde. Simplemente se lo muestra, se lo abre, en su dimensión vaporosa, sutil e inmediata. El abogado del primer cuento, “Los Despojados”, descubre un mundo subterráneo, oculto a la vista de todo el mundo, en una estación de subte de la línea C; una dimensión que lo obliga, por ¿segundos? ¿minutos? ¿horas? ¿una vida entera?, a mirar la realidad con otros ojos: “Entonces me pidió que volviera a mirar. Que por favor mirara bien. Que por un segundo me olvidara del mundo de arriba”. 
Sanlugón, en el relato homónimo, renuncia a su trabajo de oficina, su trabajo de toda la vida, porque padece una enfermedad hereditaria que lo encoge silenciosa y progresivamente; su colega interlocutor no se asombra, no emite juicio ni entra en pánico. Es cómplice de este pequeño y ridículo drama: “Tuvo la delicadeza de dejar el trabajo de día. El sentido del humor de firmar una renuncia. Me dio un abrazo. Abrió la puerta y salió. Me demoré un minuto y salí tras él. No estaba. Fantaseé con la idea de que en el tramo hasta el ascensor había terminado de encogerse”.
En “Algo más importante que instantes o tropiezos” (y ya hay una historia condensada en este título, que proviene de una cita de Angélica Gorodischer), el narrador acompaña la historia de su mejor amigo de la infancia y la adolescencia, el Rafa. Y justo ahora, pasados los treinta, tiene un destello, un asomo de verdad, una epifanía, sobre quién es, verdaderamente, su amigo: ese que “no aprendió a vivir”, que “no se amolda”. Lo deberá buscar siempre en los márgenes, en el terreno baldío a la vuelta de su casa, colonizado por cañas y hormigas, donde él, el narrador, es un extranjero; lo encontrará, acaso, en la frontera con ese otro mundo: “Pero yo sé que un día voy a ir a buscarlo a la casa y el sueño va a ser real. La madre se asoma por la ventana. A la vuelta, dice, a la vuelta. La voz del Rafa llega desde el fondo del cañaveral. Como en trance, llega, por lo lenta. Y como poseída, por lo grave”.
Los objetos, en otros relatos, se develan extraños; parecen humanizarse y cobrar un efecto distinto, más allá de la mera función. Un efecto de tensión. En “Cuatro tapas y manijas amarillas”, un plomero le hace preguntas al bombeador; las partes de su cuerpo se pierden en la caja y parecen convertirse en herramientas; las llaves térmicas hablan, y es probable que la cerradura de la puerta conspire contra el dueño de casa. En otros cuentos, son las personas las que se extrañan ante la mirada del otro, como un murmullo que amenaza con convertirse en grito: Maxi, un amigo al que Rolfi no ve hace un año y con quien se reencuentra en un bar de Paraguay y Scalabrini Ortiz, en “Reencuentro”, ¿es realmente Maxi?; una mujer que nada en el andarivel vecino al del narrador, en “ Un destello de oro blanco”, ¿qué tipo de mujer es?: “Podía ser ese prodigio de nadar a la velocidad de la luz – porque ese destello de oro blanco, qué había sido-: trescientos mil kilómetros por segundo sin manoplas ni patas de rana, ¿podía, de alguna manera razonable, ser así? Lo que acababa de ver. Que creía haber visto porque abajo del agua el mundo es otro, ¿podía ser? Esa cola de pescado que se unía a la malla entera azul que había visto pasar como un relámpago”.
Es así como nos impactan los doce cuentos que conforman Bengalas: como un relámpago. Y en ese microsegundo en que la realidad parece a punto de descomponerse, no sabemos si esto va a suceder en realidad o vamos a seguir esperando. Nos quedamos, entonces, en vilo; en el secreto. Tal vez sea éste el hilo conductor que atraviesa el libro entero: las diferentes formas del secreto, lo que se oculta, lo que se mantiene flotando a un costado. Por ejemplo, el contenido del bolso del padre, viajante de comercio, en “Vía Láctea” (mi cuento preferido, ¿tendrá que ver la extensión?: un cuento de iniciación narrado por la voz de ese hijo que revive un viaje a Mercedes, como un modo de reconstruir el pasado y, así, construir la imagen de Padre); decía, ese bolso es un elemento misterioso, que nos incomoda, que guarda un secreto de años, un secreto que orbita alrededor de la historia familiar: “Agachado al lado del bolso volvieron mil preguntas. Y en realidad, no. La misma pregunta. La única. Formulada mil veces mil veces sin respuesta. Qué llevaría adentro para que pesara tanto. A medida que fui abriendo el cierre, fue abriéndose, despacio, el recuerdo del último viaje”. Nuevamente los objetos que se abren, siempre al borde del estallido: como las bengalas del último cuento, las bengalas en un ambiente cerrado, en manos de una nena cuyo padre, un padre cansado o resignado o a punto de liberarse, sabe peligrosas. Y que, a pesar de esto, no actúa, no dice nada, no se mueve.
Después de reseñar Bengalas, el cuarto libro de cuentos de Enrique Decarli; después de haberme atrevido a disecar lo poderosamente breve, me siento una criminal. Porque ahora es cuando me pregunto: ¿de qué sirve dar cuenta de esos mecanismos invisibles, sutiles, que a modo de engranaje sostienen una trama impregnada de elipsis, silencios; atravesada por el misterio y la extrañeza? Quizás deba quedarme al borde de esos doce estallidos; parada en el intersticio entre dos ¿o más? dimensiones. Muda. En vilo. Mientras tanto, “afuera crecen los estruendos”.
Bengalas (2014)
Autor: Enrique Decarli
Editorial: Paisanita Editora
Género: cuentos

lunes, 24 de agosto de 2015

escrituras.indie

Cristian Franco reseña BENGALAS de Enrique Decarli.
Muchas gracias escrituras indie!

Les dejamos el link:
http://escriturasindie.blogspot.com.ar/2015/07/bengalas-de-enrique-decarli.html

Y también pueden leer la nota a continuación:

por Cristian Franco

Para arrancar hay que elegir. Y elegir es descartar. Esquivemos una primera tentación, un camino que conocemos: lo fantástico. Claro que en los cuentos de Bengalas (Paisanita Editora, 2014) lo fantástico aromatiza y eriza muchas de sus páginas. Pero hay otro rumbo. Podemos arriesgar otro posible hilo conductor en Bengalas, rastrear un componente ínfimo, casi trivial, que le da una coherencia —velada, evasiva, fantasmal coherencia— a este libro: el secreto. Eso: el secreto, los secretos. Porque para crear ficciones que se mueven entre la ternura y la desesperación, Enrique Decarli explota y explora con destreza las sugestivas posibilidades narrativas que ofrecen las formas del secreto.



Un secreto se guarda. Se comparte o se revela. Se descubre, se intuye. En “Los Despojados”, un abogado descubre de casualidad, en una estación de subte, un secreto oculto a la vista de todo el mundo. Más: lo que encuentra es una insospechada sociedad secreta de mujeres y hombres que inventaron una manera extraña de ser dueños de la noche. Amos y servidores al unísono, para conservar su secreto, su privilegio, su reino, pagan, sí, esos hombres y esas mujeres que son más y menos que mujeres y hombres, pagan, tal vez, un precio demasiado alto.



Están ahí, flotando desde siempre entre los dos, presentes pero invisibles, signos equívocos, pequeñas señales, pedacitos de un rompecabezas que le permiten al narrador de “Algo más que instantes o tropiezos” casi rozar el secreto de su amigo Rafa. Persona rara, desajustada, que “no aprendió a vivir”, que “no se amolda”, el Rafa es uno de esos tipos que simplemente no encajan en el mundo: un extranjero varado en un terreno baldío colonizado por cañas y  hormigas. ¿A dónde va el Rafa? ¿De dónde viene? Acaso el suyo es uno de esos secretos que ni siquiera la amistad pueda desenterrar.



Guardar un secreto durante años. Hacer de ese secreto el centro de una vida. Un resplandor inconfesable. En “Vía Láctea” el hijo de un viajante de comercio hace memoria y revive ese viaje en el que estuvo muy cerca de entender quién era realmente su padre. Recordando los hechos que se sucedieron en una parada imprevista —pueblito miserable, habitación en casa de familia— de a poco el narrador va a ir atando todos esos cabos que le fueron quedando sueltos en otros viajes, otros pueblos, otros hotelitos. Como siempre —grata costumbre— Decarli maneja la elipsis y las medias palabras para envolvernos en un relato donde, entre la bruma de la ternura y la inexperiencia, un adolescente empieza a completar el dibujo de esa máscara inaccesible y áspera que solemos llamar Padre.



Contado en primera persona (como la casi totalidad de los cuentos de Bengalas), el secreto de “Reencuentro” es la efectividad de su retorcida sencillez. La trama es bien simple: recién llegado después de un año en España, Rolfi arregla para encontrarse con su amigo Maxi a tomar unas cervezas. Rearma las calles que le había borroneado la ausencia, llega al bar de siempre —Paraguay y Scalabrini Ortiz— y se encuentra con Maxi. Pero con un Maxi distinto. Otro Maxi. Rolfi se divierte buscando coincidencias entre este Maxi extraño (tenue, tosco impostor) y su amigo (el verdadero y querido Maxi), pero por debajo del socarrón relato de Rolfi, entre sus palabras, un murmullo, un tenue extrañamiento va a crecer como un veneno. Y en el desenlace, como una garra, va a aparecer una desesperación aterradora.



La maravilla de los cuentos de Enrique Decarli proviene de su intensa mesura: sabe dosificar la narración y hacerla fluir, envuelve o hipnotiza, seduce o espanta, pero siempre tiene muy claro cuál es el centro en que se concentra la devastación. En dos, tres páginas explora los efectos del secreto, de ese mecanismo invisible, ese engranaje mudo que sostiene —siempre al borde de la disolución o la niebla— una trama hecha de silencio.