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miércoles, 27 de julio de 2016

Presentación de Flipper

por, Macarena Moraña


Foto: Daniel Peluffo
  Nunca entendí esas máquinas, ni el juego ni la gracia ni el objetivo. Tampoco sé por qué Enrique decidió titular así su novela. Pero esto es solo el principio de mi larga lista, pues en tantos años de vida, ya he sumado incomprensiones de diversas formas y tamaños. Un buen ejemplo tiene que ver con mi papá a quien dejé de ver a mis diecinueve años. Desde entonces observo con fascinación los vínculos entre padre e hijo, en los bares, en los colectivos, en la gente que a mi alrededor tiene padres a los que abrazar, con los que pelear, o a los que recordar desde la fascinación, la nostalgia o la tristeza. Esa curiosidad, por supuesto, también salpica mis deseos como lectora haciendo que el género llamado “novela del padre” sea para mí una tentación, huecos en los que me meto a curiosear lo que no conozco, lo que no tuve, lo que no me tocó.

  No lo volvería a hacer pero estuve muchos días zambullida en La muerte del padre, de Karl Ove Knausgard. Leí y aun leo (y seguro leeré) La invención de la soledad, de Paul Auster, Mi libro enterrado, de Mauro Libertella, La ley de la ferocidad, de Pablo Ramos, Situación de peligro y El buen dolor, del maestro Saccomano.
 Todavía me debo Patrimonio, de Phillip Roth y espero con ansiedad que re-editen la impecable Salvatierra, de Pedro Mairal. Insisto en mis talleres con la lectura del cuento “Nadar de noche”, de Juan Forn, la novela Formas de volver a casa, de Alejandro Zambra e incluyo Carta al padre, de Franz Kafka con la misma vehemencia que recomiendo las cartas que escribió Vera Fogwill para Radar tras la muerte de su padre.

  Cuando apenas leí el cuento “Vía láctea” del libro Bengalas, supe que iba a ser un eslabón más de esta lista, y uno fundamental, con la yapa de lo fantástico y lo misterioso. Enseguida quise invitar a Enrique al taller que coordino para que nos contase sobre el proceso de construcción del libro. Se vino desde Calzada hasta Martínez porque, al igual que el personaje protagónico de Flipper, él también es gustoso de atravesar largas distancias, aunque ahora ya no traiga un discman adherido a los oídos. Fue una noche de martes en la que  nos regaló libros, nos leyó con su voz inmejorable, y nos dejó a todas –éramos solo mujeres- además de embelesadas, llenas de ganas de conseguir un metrónomo para ponernos a escribir.  
  Me ocurrió que, y no solo con el cuento “Vía láctea” sino con varios de los cuentos de Bengalas, sentí una especie de nostalgia de novela, de estiramiento, de llevar algunas de esas historias entre padres e hijos a un lugar más confortable. Y al tiempo llegó Flipper, con otro padre y otro hijo, pero con la potencia y la belleza que ya contenían aquellos cuentos de vínculos entre varones.

  Flipper es una novela breve que emana simpleza, honestidad y mucho barrio. Barrio, en este caso, como calificativo, porque en Flipper hay calle y experiencia en una medida justa, sin cancherismo, sin poses. El personaje de Decarli es humilde, falible y hasta torpe por momentos. Tiene sexo, juega al fútbol, disfruta de sus vicios y sus gomías, pero aun así no es canchero. Es un tipo sensible, impregnado de dolor y silencio. Encontrar silencio en un libro es magia. Un buen ejemplo es la escena en la que el protagonista se olvida las llaves de su casa y se ve obligado a esperar una noche entera junto a su amigo, los dos sentados en la vereda, a que llegue el día. También hay silencio dentro del auto, durante los viajes que comparte con el padre. Enrique logra que esos silencios se escuchen, que sean palpables.

  La lectura de Flipper invita a reflexionar sobre los propios recuerdos. Cuando Enrique me pidió que la presentara yo no sabía de qué se trataba. Cuando me encontré con un padre, un hijo, y una reconstrucción de la memoria a partir de la muerte, volví a preguntarme por vez numero mil millón si las historias llegan a uno por lo que a uno le pasa o a uno le pasa, finalmente, lo que cuentan las historias.


  El padre hosco y de pocas palabras que, al igual que los reyes magos, “hace lo que puede”, criado en la cultura del trabajo y sobreviviente de un terremoto, hacia el final llega a quejarse de un dolor físico que ya no puede sentir, pues le han quitado la extremidad desde la que jura que proviene el dolor. El poder narrativo que se alcanza allí, al igual que la dolencia, radica en el vacío, en lo que ya no está ni estará. Habla del dolor imposible, ese que no puede ubicarse en ningún lugar tangible, el dolor de la ausencia. Eso es lo que describe Enrique Decarli en Flipper, una historia con olor a cigarrillo y música del Polaco como gusto heredado y compartido, como algo que se pasa entre un padre y un hijo, esos dos imperfectos desconocidos de toda la vida y también, de toda la muerte.

Foto: Daniel Peluffo

miércoles, 13 de julio de 2016

Presentación de Flipper, de Enrique Decarli

El 24 de junio de 2016, presentamos FLIPPER la novela de Enrique Decarli, en La Libre, una de las librerías más hermosas de Buenos Aires.
Macarena Moraña y Ariel Bermani nos comentaron su experiencia como lectores.
Nos quedamos hasta muy tarde, charlando, leyendo, revisando las mil publicaciones de La Libre. Ariel inició una caída olímpica desde la silla y para disimular se produjo un scrum de invitadxs, entre ellxs Juan Imassi y Pablo Oubiña. Vinieron tantxs amigxs, míticos editores, escritorxs, turistas, que no sabíamos si el primer piso de La Libre iba a aguantar. Hubo sorteo, preguntas y brindis.
Tierna como un niño, hábil como un sobreviviente, la novela FLIPPER salió al mundo de lxs lectorxs.
¡Gracias a todxs!

imágenes de Daniel Peluffo



















viernes, 24 de junio de 2016

Presentación de Flipper, de Enrique Decarli



Por, Ariel Bermani


En La ley de la ferocidad, Pablo Ramos vuelve a ponerse en la piel del personaje que protagoniza la mayoría de sus libros, Gabriel Reyes, y nos cuenta, con ferocidad, justamente, y en primera persona, la vuelta de Gabriel al barrio en que el se crió, para ocuparse del velorio de su padre. Pablo Ramos dijo alguna vez que escribió esa novela para dejar de darse botellazos en la cabeza. Más allá de que esa frase sea simpática y un poco provocativa, más aún si pensamos la obra de Ramos como aquel cross a la mandíbula del que hablaba Arlt, es cierto que La ley de la ferocidad tiene un fuerte componente catártico. Hablo de ese libro porque no dejé de pensar en Ramos, mientras leía las diferentes versiones de Flipper, la primera novela de Enrique Decarli. Tal vez por contraposición o porque los dos libros transcurren en un espacio acotado de tiempo: muere el padre, el hijo se ocupa de hacer los trámites para el velorio y el entierro y deja que los recuerdos del vínculo filial entren y salgan en forma constante en el relato. En lo argumental, las dos novelas se parecen. Pero en el tono, en la voz del personaje narrador, justamente ahí, se contraponen. Decarli elige la mesura, incluso la despersonalización. Cito una escena del  tramo final de la novela:
“La gente ocupó los primeros asientos. Ubico a mamá y a Vir. Paulo se acomoda en el último banco. Me siento al lado de él y pongo las manos debajo de las piernas. Parado atrás de altar hay un cura. La gente se para y sale. Afuera hay un cajón sobre una especie de zorra. Dudo que sea el mismo cajón que estaba en la capilla porque no ví quienes lo cargaron y llevaron hasta ahí. Quizás fueron los mismos caballeros de Lasala. O los empleados del cementerio. Incluso tal vez yo colaboré”.
¿Cómo hablar del padre, que acaba de morir? A Enrique Decarli no le alcanzó con su oficio de cuentista para contar esta historia. Necesitó entrar en la novela, un formato nuevo para él, y para eso se aferró a lo que ya conocía bien: narrar con frases cortas, controlando las emociones de sus personajes, con capítulos cortos que parecen cuentos y que le dan a su primera novela una temporalidad fragmentaria. Anécdotas breves, que van deslizándose en forma casi imperceptible en el relato principal.
Que el personaje central, en la escena que les leí, haya puesto las manos debajo de sus piernas, no es casual. La gestualidad, lo teatral, es fundamental en la obra de Decarli. Sus cuentos son piezas visuales. Perfectas. Flipper también es una pieza visual, o, mejor dicho, un conjunto de piezas. A pesar  de que esta vez Decarli se mete de lleno en el realismo –sin esas fugas hacia lo fantástico que hay en sus cuentos-, es natural leerlo con la sensación de que lo que narra es apenas una parte menor del asunto. Siempre hay algo más. Algo inaccesible para los lectores, o, por lo menos, algo que intentamos empezar a descifrar, sabiendo, de antemano, que no vamos a poder hacerlo. Nos faltan elementos. La historia se nos va de las manos.
Conozco la obra editada de Enrique Decarli y algo de lo inédito. También a él, porque nos encontramos al mismo tiempo, sus libros, mis libros, él y yo. Enseguida nos hicimos amigos, desde el primer café que tomamos en Adrogué, hace siete u ocho años. O tal vez un poco más. Hubo una época en que nos juntábamos a escribir y de esos encuentros salió parte del material de dos de sus libros y también de dos de los míos. Ahora presenta su primera novela. Hay algo distinto, en relación a sus cuentos, algo más personal. En su novela se expone más, incluso hay cosas de su propia vida que están en juego en este libro. Pero conserva su marca, esa escritura medida, precisa, musical, ordenada. Él necesita ordenarse para narrar. Para que su mundo fluya con naturalidad. Y con belleza.



miércoles, 27 de abril de 2016

6 FLIPPER / Enrique Decarli



Su padre acaba de morir. A partir de ese hecho, que marca la vida de una persona para siempre, el narrador de Flipper, la primera novela de Enrique Decarli, nos involucra en su cotidianidad. Piensa, recuerda, se encuentra con su madre y con su hermana, y, sobre todo, empieza a poner en claro algunas de las tantas cuentas pendientes que tiene con su padre. 
Luego de cuatro libros de relatos, Decarli desembarca en la novela, con su habitual prosa cuidada, de frases cortas, y con esa sonoridad que recuerda una composición musical. Decarli escribe como si hiciera música. 
En Flipper se reequilibra la vida. Esta novela festeja el hallazgo y el perdón. Acorta las distancias. Celebra la muerte con el poder de la alquimia.